viernes, 16 de mayo de 2014

Caricias de una estrella

No hablaré de mí, resulta más interesante observar... Y hacer tuys historias de cada día.

Llegó ella. Una joven morena de tez y melena, sonrisa afable, desprende inocencia, soñolienta a falta de su primer café. Mira el reloj dos veces en un minuto sin parecer saber qué hora es, ansiosa describe gestos nerviosos y anuncia su impaciencia sin posar sus ojos en nada y observando todo, dentro y fuera del vagón.

Llegamos a la siguiente estación y se desboca su mirada, observa el andén, la hora y todos los rostros que esperan en él. No localiza lo que busca, se hunde en su rígido asiento y aprieta los labios con gesto de decepción. Algo fallaba esa mañana para ella...

Entonces llegó él. El vagón en su mustio silencio, a la espera de llegar y despertar tras el siguiente café, rompe su sobriedad con los saludos que comparten.

No hay besos, ni en la mejilla siquiera, quizá solo sean conocidos e instintivamente observo la escena a la par que comienza mi escritura. 

No hizo falta ser un gran observador para notar en ella una chispa en sus ojos, un suspiro se escapa de su pequeña boca y exhala con él todo nerviosismo que no desea transmitir, pasa a una quietud que sorprende tras su estado antes descrito. Pinta con sus manos trazos muy controlados y lentos, habla con pasiva pronunciación y coge un papel rosado entre sus manos para iniciar figuras de papiroflexia. Un sistema muy hábil de gestionar y canalizar su previa situación. Él, ajeno a lo ocurrido antes de su llegada, se limita a ocupar el asiento libre a su izquierda.

Él, más bajito, también moreno de pelo con corte sencillo, con barba salteada y completa, es feliz con estar junto a ella. Proyecta sus rodillas hacia ella, el cuello y los hombros se enfocan en busca de la conversación perfecta.

Acercó despacio su rostro y comentó con voz suave cuánto le gustaba el perfume que llevaba, y ella, sin apenas girar el cuello aceleró unos instantes su ritmo de dobleces y tras insprirar discretamente, respondió sin mostrar interés diciendo:

- El de siempre...

Él, volcado de pleno en obtener su atención y procurando inútilmente no desvelar su emoción, posa sus manos en las rodillas y rasca constante sus rótulas. Busca su oportunidad y le pregunta por sus amigas, la noche de viernes y sus posibles planes, ella contesta sin entusiasmo y pocas palabras que su mejor plan para un viernes noche consistiría en ver una peli y charlar con su madre.

Estrés, júbilo, nervios, emoción desbocada... Él se sobresalta ante la inminente oportunidad brindada y ella, llena de alegría se limita a contenerse en una sonrisa disimulada, bajando su rostro. Se sabe dominadora de la situación, mas siendo una muchacha todavía y él, cordero de fábula a merced de un ingenioso y astuto lobo, muestra ingenuo su iniciativa proponiendo un estudiado y original plan de noche, para nada improvisado y con intención plena.

Ella, que no había levantado la vista de sus manos, había creado durante este rato, una curiosa y elaborada estrella de 6 puntas, parecida a un copo de nieve, simétrica y a la vez diferente a todas las que había visto antes. Sin contestar, pide al joven que la sujete, y busca en su mochila.

Él que no había apartado los ojos de ella en todo el trayecto se sumerge en el mismo paisaje a través del ventanal de cada día. Ella encuentra otro trozo de papel, más pequeño, en tono burdeos y señala la estrella en las manos del muchacho.

- Ésta es para mi madre.

Él asiente y ella sabedora de su control prosigue:

-... Esta noche quiero pasarla con ella, hace días que no charlamos.

Y con sonrisa malévola se dedica a observar al chico que se encoge aun más a su lado, intentando dispersar su desilusión, va girando despacio su cuello en dirección a la ventana de nuevo:

- lógico, no pasa nada, era por proponerte algo...

Aun sin terminar su nueva creación, toca con el papel la pierna del alchico y sustrae la estrella de sus manos:

- Había pensado en dar un paseo mañana por la mañana, podrías acompañarme...

- ¡¡claro!!

Él, sin dejar que terminase, recuperó la estrella y la paseó, a modo de caricia, por su antebrazo.

No hubo en lo que restó de viaje en mi compañía más palabras, solo sonrisas, papiroflexia y caricias de una estrella.