jueves, 11 de septiembre de 2014

Volver a cimbrear

Hoy, igual que ayer, volví a recordar las enérgicas batallas de fuerza y alevosía con la que desenfadabas y desarmabas mis abrazos cada anochecer. El deseo fugaz de volver a cimbrear como dos corcheas en un vibranto de aquel violonchelo...
Luchas de miradas contenidas, roces y caricias se sucedían con electricidad, y fatuas sonrisas nerviosas pintaban los labios.
Labios que desenvainaban las dagas por lenguas entre nosotros. Un duelo por siempre inacabado, de igual modo que los abrazos cambian de rumbo a las caricias, con las que sobornar las manos del adversario.
Un mordisco precipitado a tu labio inferior delata, con picaresca, mi inquietud por lidiar tal que enredadas raíces de secuoyas milenarias nuestras piernas...
Manos se deslizan bajo las vestiduras que aun perduran en nuestros cuerpos sedientos del sudor del otro... El cabello se entremezcla en vientos iniciados por suspiros y resoplos de placentera impacencia. Un placer invocado por un ritual de caricias en su plenitud de intimidad. Una impaciencia debida a las prisas por volver a cimbrear al mismo compás...
Desde hace ya un tiempo, no hay huecos para modestias o cortesías, ser natural y sincero nos mueve al mismo seno, el mismo que regateo cual experto cupier con los dedos de mi mano, a la vez que presto mi boca a tu cuello previsto de estremecimientos a causa de diversos mordiscos colocados con ligero detallismo. Y al ritmo de dos cuerpos que vuelven a cimbrear al mismo metrónomo compás.
Y solamente tu latir puede superar en frecuencia a mi respiración irregular, y sonreír al mirar, y seguir respirando con dificultad después de todo, y pensar que ambos ganamos la contienda, y mirarte a los ojos de nuevo, tranquilo y constante... Y sentir que te vuelves a enamorar, una y mil veces más...